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Los buenos reporteros no opinan

Javier Sánchez

En plena coyuntura electoral para elegir al próximo presidente de Estados Unidos, el editor de Estándares de The New York Times envió un memorando a los periodistas del diario para recordarles que tienen “prohibido” opinar sobre temas políticos en sus redes sociales personales.

“Puede que usted piense que su perfil de Facebook u otras plataformas sociales son un espacio privado totalmente separado de su puesto en el Times, pero de hecho todo lo que publicamos en internet es público en cierto grado (y todo lo que hacemos en público probablemente será asociado con el Times)”, advierte en el memorando.

Para el medio, las opiniones de uno de sus periodistas sobre el tema electoral podría derivar en la percepción de que se trata de una posición institucional, y en consecuencia afectar “la reputación del Times como un diario creíble y equilibrado”. ¿Será?

Parece un argumento legítimo, sin embargo es imposible no cuestionarse hasta dónde es correcto que un medio prácticamente ordene a sus periodistas sobre qué pueden opinar y qué no, incluso en sus redes sociales personales, una extensión de su vida privada.

Podríamos aceptar la premisa de que un periodista no puede terminar su jornada laboral (“dejar de ser” periodista), volver a serlo al día siguiente y pretender que todo lo que expresó en ese lapso es ajeno a su profesión. De hecho, si vemos el timeline de algún periodista, gran parte de su actividad tiene que ver con ser periodista.

Y un ángulo más: Cada que citamos, formal o coloquialmente, los comentarios de un periodista, añadimos como etiqueta ineludible el medio en el que trabaja. “Tal periodista, de Televisa” o “Tal reportero, de Proceso”. Quizá no existe la intención declarada de aportar un significado ideológico, pero enmarcar su nombre en el medio en el que colabora sugiere mucho sobre su propia tendencia política.

Sobre este debate, hace cuatro años la agencia EFE distribuyó internamente una Guía para empleados de EFE en redes sociales, entre cuyas pautas solicitaba a sus periodistas, de forma voluntaria, una cuenta profesional respaldada por la agencia, la cual sería totalmente independiente de su cuenta personal. La Guía es clara en recordar que EFE “carece de línea ideológica, no transmite opiniones propias” y que a eso deberán atenerse las cuentas personales legitimadas por la agencia.

Incluso aconseja “especial cuidado antes de compartir un enlace ajeno a EFE, ante la posibilidad de que pueda interpretarse como un respaldo de EFE o del titular de la cuenta al contenido de dicho enlace, poniendo en peligro la independencia y el prestigio de la Agencia”. Y solicita que en cuentas no autorizadas por EFE, los empleados no se identifiquen como trabajadores de la empresa.

A su vez, en 2011 AFP hizo pública su Política en redes sociales de la Agencia Francesa de Prensa. El documento alenta a sus periodistas a abrir cuentas de Facebook y Twitter con el fin de tener nuevas herramientas para conseguir noticias y mejorar la interacción con el público, pero exige a sus periodistas que precisen: “los puntos de vista expresados aquí son míos. Los enlaces y retweets no son promoción”.

¡Vaya solución tan obvia! Es cierto que una empresa establece las políticas laborales que considere pertinentes y que sus trabajadores deciden si están de acuerdo con ellas o renuncian. ¿Pero es necesario que estas políticas regulen el uso de espacios personales (incluso si desde ellos se produce información pública)?

El periodismo está hecho por seres humanos movidos por intereses, así que pretender que un periodista no tenga opiniones, o peor aún, que no las pueda expresar, es no reconocer una parte importante de su labor, útil para enriquecer el debate en el espacio público.

Apelamos a lectores críticos e inteligentes. ¿Acaso consideramos que no son capaces de identificar e interiorizar que el perfil de Facebook de un periodista no es lo mismo que leer el sitio del medio en el que trabaja? ¿Tal menosprecio tenemos por nuestra audiencia?

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