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‘Joker’ o cómo las barreras sociales niegan los DDHH de personas

Salud mental
Autora: Karen Santiago

Tiempo de lectura: 3 minutos


«The worst part about having a mental illness is people expect you to behave as if you don’t»

Joker

Una de las grandes aportaciones de Joker [Todd Phillips, 2019] fue poner sobre la mesa el tema de las “enfermedades mentales”. Todo mundo empezó a hablar de ello y a producir memes sobre la narrativa de la película que más o menos se podría resumir en esto: es la sociedad quien se encarga de enloquecer a las personas, llevándolas al borde de sus acciones y pasiones.

Hablemos de discapacidades psicosociales

Más allá de criticar o alabar la película, parto de ella para hablar de los derechos que tienen las personas con trastornos mentales. Y para ello es necesario partir de la diferencia que hay entre hablar de “enfermedades mentales” y del tema que respecta aquí: las discapacidades psicosociales.

El tema de la salud mental siempre ha cargado con un fuerte estigma que ha puesto en lugares complicados a quienes no gozan de ella, poniéndolos en el lugar de lxs enfermxs, lxs que tienen que curarse.

Lo cierto es que para partir de esa normalidad, la sociedad se ha basado en los límites de lo aceptable y lo que no para construir la idea de lo que debemos hacer basándose en el consenso social.

En Joker, la incomodidad que produce su risa en contextos en los que socialmente no debía esperarse esa reacción física incontenible es uno de los rasgos que empiezan a producir signos de locura.

La locura y el poder

Foucault planteó que el discurso del loco ponía en duda el discurso hegemónico y, por lo tanto, de poder. Las personas «locas» se ríen de eso (en este caso, literalmente) y construyen otros significados no consensuados, por eso se vuelven tan peligrosos y son considerados como un peligro para la sociedad.

Históricamente la construcción del loco ha catalogado sus conductas como una desviación a la norma y quienes las presentan han sido definidas como personas poseídas y endemoniadas que han sido aisladas, controladas e, incluso, exterminadas, como en las cazas de brujas del siglo XV y XVII.

Eso evolucionó a lo que Foucault llamó “el gran encierro del siglo XVII”, en el cuál básicamente encerraron en hospitales, casi prisiones, a personas cuyo comportamiento se juzgaba como transgresor del orden establecido. 

La discriminación de lxs “dementes”

Hoy por hoy no hay tanta diferencia en eso, a pesar de que se ha desarticulado la tendencia a encerrar a las personas con trastornos mentales, aún las personas con discapacidad psicosocial siguen siendo llamadas en el argot como locxs, dementes o perturbadxs y se les ha despojado de su capacidad de tomar decisiones por ellxs mismxs.

Han sido y siguen siendo personas limitadas en su autonomía, que han sido rechazadas, estigmatizadas y agredidas por todas las instituciones que se han encargado de diagnosticar su forma de percibir la realidad y han invadido sus experiencias personales llenándoles con definiciones inamovibles que intentan revertir con violencia (terapias de shock y fármacos, entre otras cosas).

Aunque Joker es una gran película que hace un buen esfuerzo por representar la problemática dentro de una ficción, no escapa de reducir el problema a ciertos estigmas, uno de ellos es que en la diégesis de la historia finalmente nos cuentan cómo el que enloquece de pequeño fue abusado sexualmente por la pareja de su madre, quién también tenía un trastorno mental.

¿Les suena al estigma de que toda persona con trastornos psicosociales fue porque “lo violaron de chiquitx”?

Pero pues no, eso sólo invisibiliza las infinitas posibilidades de padecer un trastorno mental sin que nadie esté exento (aquí no está de más, por ejemplo, mencionar la relación directa que hay entre el capitalismo y el deterioro de la salud mental, eh).

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