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Lenguajes disidentes: poesía y literatura

Poesía
Autor: Ana Guzmán

Tiempo de lectura: 3 minutos


Hace pocos días estuve observando de cerca mis actividades cotidianas: desayunar, ir al trabajo, comer, leer, navegar en internet, convivir con amigxs…, y me di cuenta de que al menos en contextos urbanos es casi imposible no estar al tanto de la “conferencia matutina” de López Obrador, y que en general nuestro impulso de sentir está secuestrado por el de meramente captar información.

Esa información ni siquiera nos permite comprender nuestra realidad, pues cada día se nos presenta más fragmentada. Esta reflexión coincidió además con una nota donde mencionan que las y los mexicanos nos interesa cada vez menos asistir a eventos culturales, y más si se trata de poesía y literatura, y me pregunté: “¿mi análisis sobre la inmediatez y ese dato son aislados?”. Y enseguida una pregunta me paralizó: ¿para qué necesitamos hoy la poesía y literatura?

Lenguajes en resistencia

Tanto la poesía como la literatura implican la construcción de lenguajes particulares, cuyo proceso de comunicación e interpretación contribuye a crear sociedades y debates más complejos sobre la realidad.

El origen de estas construcciones es prácticamente mágico: imaginemos a dos personas que hablan sobre un mismo objeto o situación sin tenerla en tiempo presente. Hablan de algo pasado, futuro o hasta imaginario y no obstante a través del lenguaje logran recrearlo para mantener una conversación y comunicarse. El lenguaje como un instrumento mágico.

La poesía y la literatura hacen algo aún más complejo que permitir una comunicación práctica. La premisa es que las personas que usan el lenguaje ya tienen consciencia de sí mismas y sobre todo capacidad para desvincularse del “mundo real”, pueden transformarlo y crear “metalenguajes”, desafiando la “normalidad”. Su característica esencial es la ambigüedad como forma de resistencia ante la precisión conceptual. Así es como se crean lenguajes de la sensibilización.

El lenguaje de la sensibilización

Existe un paradigma del lenguaje donde las personas encuentran un punto medio, donde el mundo real y el social pueden existir paralelamente para ser habitados y conocidos, aprehendidos y usados prácticamente. En él las personas dejan de ver la realidad como algo lejano y se atreven a integrarse.

Este momento es cuando la ciencia cede el paso al arte y su discurso; la persona que concibe el mundo deja de pensarlo únicamente como algo literal y se entrega a una emotividad poética, que la explica pero ya no a partir de su uso práctico, abandona la etapa de raciocinio para entregarse a la sensibilización, a la poética de la vida.

¿Y cómo funciona eso en nuestra vida comunicacional práctica?

Los lenguajes predominantes aniquilan la posibilidad de una expresión que conciba todas las realidades, o al menos un panorama más amplio. Sin embargo, esos lenguajes pretender hacernos creer que lo incluyen todo, que lo descifran todo, que lo entienden todo, cuando en los hechos aportan estructuras muy rígidas, cerradas y poco descriptivas de los acontecimientos sociales y del sentir colectivo.

La poesía y la literatura son entonces agentes que explican no solo la complejidad de la realidad, sino también apuestan por liberar el pensamiento y analizar los sentimientos más profundos de las personas. Estos lenguajes que muchas veces perturban realidades racionales serán siempre perseguidos y acallados.

Por eso el lenguaje poético, quizás más que nunca, es tan urgente e indispensable, y que continúe existiendo es y será siempre un acto anárquico. Cada vez que se limite la libertad y se tome como rehén a la imaginación, no desertemos: acompañémonos de poesía.

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